Y después del cuento...
>> sábado, 31 de diciembre de 2011
Erase una vez una Navidad de... cuento. Así empieza MIMOSA su relato.
Y era cierto que había sido una Navidad de cuento, pero de un cuento en el que...
no había brujas malas,
ni ranas que se convertían en príncipes,
ni dragones que lanzaban llamaradas por su boca y su nariz.
Era un cuento más de hoy en día. Un cuento que había visitado con su amiga Asun y que transcurría en una ciudad de algún lugar de norte.
Era curioso, pero los escenarios de ese cuento le resultaban muy
familiares.
¿No era aquel edificio el ayuntamiento de la ciudad en la que acababa de pasar sus vacaciones?
¡Pues claro... si era Pamplona, donde por fin había podido conocer en persona y abrazar a su amiga!
¡Qué alegría! Era como volver a estar allí de nuevo.
Y aquel otro edificio era el Castillo de Javier, aquel que no pudo visitar porque hubo que elegir ya que no daba tiempo a todo.
Y la Bardenas Reales.
Parecía mentira que aquel paisaje desértico estuviera a menos de tres horas de coche de aquellas montañas nevadas donde por primera vez se había puesto unas raquetas para andar por la nieve.
Y la ermita de Eunate que tampoco tuvo tiempo de ver.
En el cuento aparecía casi al lado del Puente que cruza el rio Arga en Puente la Reina. Ella sabía que aunque en la realidad no estaban muy lejos tampoco era como allí se veía, pero es que en los cuentos la fantasía hace que todo sea posible.
Tanto la ermita como el puente eran parte del Camino de Santiago, aquel que algún día haría junto a su amiga. Cuando pensaba en ello la ilusión le embargaba. ¡Qué ganas tenía!
Aunque... se estaba dando cuenta de que se le habían quedado muchos sitios en el tintero. No cabía duda de que tendría que volver. Eso sí... con un poquito más de calor, que ella no estaba acostumbrada al frío.
¡Qué bonito era aquel cuento de plastilina! Además era muy divertido. Si uno ponía atención en los personajes, se podía dar cuenta de que todos se lo estaban pasando muy pero que muy requetebien.
Allí estaba la ovejita rockera con sus gafas,
la que entonaba el estribillo de las canciones con su silbido,
la vaca presumida que acababa de salir de la peluquería después de rizarse las pestañas y maquillarse,
alguna que otra ovejita que más bien parecía una cabraloca,
la oveja negra que siempre hay en todas las familias,
la que se ha tomado dos copitas y ya se cree Marilyn Monroe
También había escenas muy tiernas:
mamá cabra amamantando a su cabritillo,
Peggy y Porky flirteando en aquel prado junto al río...
Otras aprovechaban para relajarse tumbadas al sol en el parque, como aquella ovejita perezosa.
Los viejos árboles que parecían inservibles, cobraban vida de la mano de un escultor para alegrar el parque que los albergaba y a sus visitantes.
Incluso el fuego había cobrado vida y calentaba los corazones de quienes a su alrededor se reunían para cantar, y les relataba algunas de las muchas historias que había oído de boca de quienes gustaban compartir su tiempo y sus aventuras junto a él.
Pero claro, como era un cuento navideño, no podía faltar el pesebre con todos los personajes,
el pobre pavo, que no sabía lo que le esperaba,
los tres Reyes Magos:
Melchor,
Gaspar
y Baltasar,
... y por supuesto el caganer.
Pero yo creo que lo que más lo que más les gustó a las dos fue algo que vieron después de leer la última página del cuento.
Era una gran bola de Navidad, como esas que cuelgan del árbol.
Cuando la vieron ninguna de las dos dijo nada. Simplemente miraron la enorme bola, sus miradas se cruzaron, y no hicieron falta palabras. Con eso se lo habían dicho todo, porque lo que en esa bola estaba escrito era justamente lo que esas navidades habían significado para ellas.
NOTA: Todas las imágenes son fotos mías y pertenecen a un belén de plastilina que se exhibe un un centro comercial –excepto las tres primeras que son parte de la decoración de dicho centro–. Read more...










