Lo que realmente importa

>> jueves, 20 de octubre de 2011


Cuando abrió los ojos no sabía dónde se encontraba. ¿Qué sitio era ese? ¿Qué hacía allí tumbada?

En cuánto pudo ver a alguien se lo preguntó:

—¿Dónde estoy?
 —Estás en el hospital.
 —¿Y por qué estoy aquí?
 —Porque has tenido un accidente.
 —¿Cuándo?
 —Esta mañana cuando ibas a trabajar.
 —¿Iba sola en el coche?
 —Sí, ibas sola.
 —¡Uf, menos mal!
 —¿Quieres que avisemos a alguien, a tu madre...?
 —No, a mi madre ya le llamo yo ahora cuando me levante. Gracias.

Unos minutos después le visitaba una médico.

—Hola ¿qué tal estás?
—Un poco dolorida, pero bien. ¿Por qué estoy aquí?
—Porque has tenido un accidente.
—¿Cuándo?
—Esta mañana cuando ibas a trabajar.Te lo han dicho antes, ¿no te acuerdas?
—No, no me acuerdo.
—Mira, te voy a decir qué hora es. Escúchame bien porque dentro de un ratito voy a
  volver y te voy a preguntar qué hora es la que te he dicho. ¿De acuerdo?
—Vale.
—Son las once y diez, ¿vale? Acuérdate, las once y diez. Luego vengo y te lo pregunto.
—Muy bien. Las once y diez.

Unos quince minutos después la médico volvió a acercarse a ella y le preguntó:

—Ya estoy aquí. ¿Te acuerdas qué hora te he dicho antes que era?
—¿A mí?¿Yo he estado antes contigo?
—Si, ¿no te acuerdas? ¿Te he dicho la hora que era y que la recordaras porque luego te la
  iba a preguntar?
—Pues no, no me acuerdo.
—Bueno, pues ahora te la voy a volver a decir y luego vuelvo a preguntarte. Mira, son las
  once y media. Acuérdate ¿eh?, las once y media.

Transcurridos unos minutos se volvía a repetir la misma escena: la médico le preguntaba pero ni siquiera recordaba haber estado hablando con ella.

Por mucho que le preguntaban si quería que avisaran a su familia la respuesta siempre era la misma:
—No, a mi madre ya la llamo yo ahora cuando me levante.

Cuando ya le dijeron que de momento no se podría levantar, entonces pidió un teléfono inalámbrico —como si en los hospitales tuvieran teléfonos inalámbricos a disposición de los pacientes—. No quería que nadie avisara a su madre. A pesar de la desorientación ella conocía a su madre, y sabía que si recibía una llamada de una tercera persona avisándole de que su hija había tenido un accidente y estaba en el hospital, pensaría lo peor por mucho que le dijeran que se encontraba bien; y no quería que se llevara un disgusto.
Ante su insistencia de ser ella misma la que avisara a su madre, el personal del hospital le pedía algún otro número de teléfono al que comunicar que estaba allí, pero no recordaba ningún número. Era como si su disco duro hubiera sido formateado. Ni siquiera era capaz de recordar la hora que la médico, insistentemente una y otra vez, le iba diciendo, como para recordar los números de teléfono.

Según fueron pasando las horas fue recobrando algo la memoria y pudo darles el número de un familiar que fue el que finalmente se encargó de todo.
Lo que sí que no conseguía recordar era lo qué le había pasado, ni siquiera lo que había hecho el día anterior. En su mente había un lapsus de dos días.

Un par de días más tarde, su hermano —que había ido al taller en donde se encontraba el coche para hacerse cargo de los objetos que allí había— le llevó al hospital una foto donde se podía ver el estado en el que había quedado el vehículo.
¡No se lo podía creer! ¿Cómo era posible que sólo tuviera un esguince cervical, un diente partido y un huesecillo de la mano roto después de semejante golpe? Sin duda ese día su ángel de la guarda había tenido trabajo extra. No solamente él, él y toda la corte celestial.

En aquel momento fue cuando se dio cuenta de que no merece la pena darle importancia a cosas que no la tienen, que lo que hay que valorar es lo que realmente importa.
No importaba si se había quedado sin coche, eso se podía reponer.
Bien es cierto que sus planes de dar la entrada para un piso —tenía cita para ello al día siguiente de haber tenido el accidente— se vieron trastocados porque tendría que comprar un coche nuevo, ya que lo necesitaba para ir a trabajar. Pero no le importaba lo más mínimo.

Es curioso cómo un hecho de estas características puede relativizar la visión que tenemos de las cosas.
Si hace unos días le hubieran dicho que sus proyectos se iban a ir al garete, seguramente lo habría dramatizado enormemente, pero en aquel momento sentía la más absoluta indiferencia. Habría otras oportunidades para comprarse un piso, pero la vida era una sola, y si se perdía, no había reposición posible.

20 comentarios:

MIMOSA 20 de octubre de 2011 23:06  

Leo y podría decirte tantas cosas........muy bien sabes como pienso......cada día más........como diría Joan Manuel Serrat....."de vez en cuando la vida nos besa en la boca".....
DE VEZ EN CUANDO LA VIDA

Te quiero mucho mi bicho!!!

izara 20 de octubre de 2011 23:09  

Por qué no cribaremos mas a menudo,
nuestros afanes.
Cuanto peso le quitaríamos, a nuestros andares.

Un saludo Asun.

nocheinfinita 20 de octubre de 2011 23:15  

Visto como quedó el coche, suerte tuvo...
No me obsesiona la muerte pero (aquí Serrat de nuevo) "...hoy respiramos, mañana dejamos de respirar...".
Estoy de acuerdo en que hay que relativizar y darle a cada cosa la importancia que tiene. Proyectos muchos, vida sólo una(que conozcamos :)

Besos

http://www.youtube.com/watch?v=0vvdyaHi_xY

Euphorbia 21 de octubre de 2011 06:46  

Qué razón tienes Asun, cuando la vida te zarandea de verdad te ríes de las preocupaciones minúsculas que a veces nos quitan el sueño.
Un abrazo

Merche Pallarés 21 de octubre de 2011 07:53  

Por supuesto que la vida es lo más valioso que tenemos. Lástima que los cientos de víctimas de ETA no la puedan disfrutar con amnesia o sin amnesia. Menos mal que estos criminales desalmados hayan decidido dejarlo. Muxus, M.

Pedro Ojeda Escudero 21 de octubre de 2011 08:49  

Son estas experiencias las que nos hacen jerarquizar la vida, porque parece que en la felicidad o en la normalidad no sabemos.
Besos.

María 21 de octubre de 2011 22:47  

Mi querida ASUN,

somos así de ciruelos, debemos sufrir una tragedia para que nos demos cuenta de lo que de verdad importa. Siempre se ha dicho que un dolor lo cura otro dolor más grande y la pena es que tengamos que sufrir horrores para ver lo obvio... sólo por abrir los ojos cada mañana deberíamos estar locos de contentos, pero como lo hacemos cada días... ni nos damos cuenta del valor que tiene eso.

Te voy a contar algo muy curioso, un veterinario amigo mío, cuando tarta a caballos, que son animales muy sensibles, evita siempre que puede ponerles anestesia por si tienen algún tipo de reacción extraña. Cuando tiene que coser un animal, pide al dueño de caballo que mientras le cose le retuerza la oreja con una pinza, te parecerá increíble, pero el caballo se deja coser como un bendito, le duele tanto la oreja, que no se da cuenta que le cosen en vivo en otra parte...


A nosotros, nos dan un golpe por detrás del coche y un disgusto, pero si sufrimos un accidente grave y lo declaran siniestro total, ante la gravedad de nuestro cuerpo, del coche pasamos...

Coooorto que hoy tengo cueerda en grado preocupante:-)


Un besito muuuy grande cielo, conduce con cuidado ( incluso el coche de Xana :-) y ¡¡muy feliz finde ASUN!!


Muaaaaaaaakss a montones para que distribuyas durante estos días y te sobren cosa bonita.

http://lodemirta.wordpress.com/ 22 de octubre de 2011 02:38  

Acé en Argentina tuvimos un tipo que se hizo literalmente famoso por pasar por algo muy similar. Buscá en youtube Y Candela Y la Moto

Abejita de la Vega 22 de octubre de 2011 11:11  

Minimizar lo que se puede minimizar, es la enseñanza que sacamos de los grandes palos que te da la vida.

Un beso, Asun. Otro para la cuadrúpeda.

Myriam 22 de octubre de 2011 20:42  

Tu relato pone en evidencia lo que realmente importa en la vida. Lástima que tomemos conciencia solo en situaciones extremas.

Un beso

Manuel de la Rosa -tuccitano- 22 de octubre de 2011 23:48  

hay que tener suerte hasta vivir...no elegimos nada...todo viene y va...y a veces nos sonrie la vida...besos

MariluzGH 23 de octubre de 2011 00:22  

Dicen que solo nos acordamos de santa Bárbara cuando truena... somos así de cencerros. El coche de la fotografía impresiona

beso grande, guapa!! y p'a mi Xanita

Marina 23 de octubre de 2011 02:38  

Hola cielo, vengo a decirte que te ajunto ¿Cómo podría alguien enfadarse contigo dulce de leche? Bueno, pues eso que vengo a verte y tienes una entrada muy buena, preciosa y precisa. Me ha gustado mucho.
¿Yo enfadada? ¿contigo? ¡Vamos anda! Si estamos preparando una quedada y eres en la primera persona que he pensado...bueno hemos pensado Manolo y yo, ya te contaremos.

Besazos corazón y achuchones a Xana

Asun 23 de octubre de 2011 12:16  

TUCCI:
Me alegro de verte de nuevo por aquí. A ver si te animas y retomas la actividad bloguera.
Un beso.

Conchi 25 de octubre de 2011 23:11  

Asun, espero que no fueras tú la del accidente, ¿o sí?. La verdad es que en un momento nos puede cambiar la vida.
El jueves pasado tuve yo una mala experiencia también. Por la mañana me fui al cole, me sentí mal, me llevaron a un centro de salud cercano y en media hora iba en una ambulancia hacia el hospital. Mi corazón había empezado una carrera demasiado frenética y no quería frenar. Por fortuna los médicos supieron actuar bien y la cosa quedó en el susto, aunque ahpra estoy de baja recuperándome. En fin, que de un día para otro la vida te puede cambiar mucho. Lo importante es que podamos seguir adelante con ilusión y podamos contarlo.

Espero que esas manifestaciones que estáis haciendo en Navarra den los frutos esperados. ¡Qué mal están las cosas! Ya ves, a mí tampoco me están cubriendo la baja.

Un abrazo grande
Conchi

Conchi 25 de octubre de 2011 23:13  

Ah, Asun, de lo que te he contado no he puesto nada en mi blog, no quise alarmar a nadie. No digas nada tú allí, ¿vale?.
Hoy es la primera vez que estoy visitando algunos blogs y me apeteció saludarte.
Otro abrazo
Conchi

Aldabra 2 de noviembre de 2011 23:37  

Yo ya sufrí un par de “accidentes” que pudieron ser mortales pero que no lo fueron; pero ya había aprendido antes la lección.

Respecto al episodio de Xana, decirte que has hecho muy bien. Quien se mete donde nadie lo llama, corre el riesgo de recibir una contestación que no sea de su agrado.

Biquiños,

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